06 junio 2018

Bloggscritores 3

Mis muy queridos seres míticos.

El día de hoy vengo a ustedes con un retaso de cinco días en mi post. Se suponía que lo publicaría el 31 de mayo pero, por cuestiones fuera de mi alcance como las compañías de internet y la muerte de mi pc, no he podido postearla hasta este momento. De cualquier forma, agradezco enormemente a mis colaboradoras en esta iniciativa de Bloggscitores por echarme tantas porras en Whatsapp y decirme que no importa el tiempo, sino publicarla y, como es de esperarse, darnos la publicidad merecida. Es por eso que el día de hoy, antes de pasar de lleno a mostrarles mi pequeña historia sobre la palabra conexión, me tomaré el honor de presentar a mis colaboradoras:

https://leiwithmis.blogspot.mx/
Http://julianadelpopolo.blogspot.com
https://entre-cafey-libros.blogspot.com/
http://labibliotecadeailuz.blogspot.com
https://lectorasolitaria09.blogspot.com
http://dimarcheonline.wordpress.com

Como siempre, les recomiendo que se pasen por todos los foros y que, si los visitan, digan que van de nuestra parte. Todas ellas, me consta, son unas genios en lo que hacen. Ya me daré yo a la tarea de leer hoy todos sus escritos que, con toda franqueza, no he tenido tiempo de ver. Pero bueno, sin más qué decir al respecto, aquí les dejo mi cuento que está algo loco y no sé cómo es que ha llegado a la luz.

Conected

No se registra una camaradería como
 la que existía entre Castor y Pólux.

Mitos griegos II.
Robert Graves.

Estaba dormido cuando lo sintió, punzante en la muñeca derecha, como si alguien lo tomara de la extremidad hasta querer arrancársela. Se observó la mano, preocupado ya que el dolor no se detenía. Pese a que ese tipo de cosas le pasaban con frecuencia, Pólux no comprendía por qué. Era como si otra persona, como si un doble, padeciera lo que a él tanto le dolía. Se preguntó mentalmente si cuando a él lo lastimaban, ese otro también lo sentía. Por alguna extraña razón, estuvo seguro de que era el caso. Así que, molesto, tomó la navaja que su padre le había regalado hacía años y se pinchó el dedo. Pero a Cástor no le dolió demasiado. Su padrastro le había dado ya una tunda y dudaba que ese pincho en el dedo pudiera afectarlo más. No creía que haber dejado escapar a los cerdos fuera para tanto, menos si los había recuperado uno a uno antes de que la labor comenzara. Al final del día, no perdió ni tiempo ni cerdos. Sin embargo, como siempre pasaba, su padrastro no tenía compasión por nada. Pese a sus 13 años, el chico debía hacer las cosas como adulto, no había otra manera.

-La zorra de tu madre se largó nada más saliste del huevo y ahora tengo que lidiar contigo. ¡Por lo menos gánate el maldito pan que te llevas a la boca! –era su cuento de todos los días. Era por eso que, con el tiempo, Cástor había aprendido a no reírse sobre el tema del huevo. Cuando era más chico preguntó al respecto, pero lo único que se llevó fueron unos golpes secos y una cara de desagrado. Al pasar de los años, la referencia del huevo le parecía más bien una metáfora para decir que su madre se había ido en cuanto dejó de amamantarlo.

Así que se levantó del suelo, se ató bien las sandalias, y continuó con su trabajo antes de que su padrastro lo reprendiera por holgazanear. Mientras tanto, una vez que el dolor lo había despertado, Pólux también se puso en pie, pero de la cama. Se desperezó y observó a su hermana, Helena, todavía dormida en la cama gemela a la suya de la habitación que compartían. Le acarició el cabello y salió a una mañana fresca. Sabía que el clima cambiaría, como todos los días, que se volvería caluroso, pero al menos podía disfrutar de esto. Respiró profundo mientras una imagen lo asaltaba: un campo lleno de plantas cuyo nombre desconocía, y cerdos que iban y venían en el corral. Por alguna razón, sintió que estaba en casa.

Esa sensación le duró los siguientes 20 días. Pólux cerraba los ojos por momentos, intentando pensar qué era lo que le llamaba, de dónde venían esas imágenes. Incluso cuando sus visiones no eran buenas, se preguntaba sobre su origen. Era demasiado para él, un simple chico de ciudad a sus 13 años. Es por eso que ese día, cuando sintió que no pudo más, tomó sus cosas, empacó unas cuantas prendas y se despidió de su familia. Necesitaba salir a encontrar esa parte que sentía que le faltaba, fuera cual fuera. Necesitaba sentirse medianamente completo o, por lo menos, no sentirse tan perdido. Por otro lado, a unos 80 kilómetros de la ciudad, Cástor recibía otra tunda con un palo por vender una cabra sin permiso. Su padrastro había estado enfermo y, sin dinero, el muchacho se había visto forzado a vender la susodicha cabra y comprar unas hierbas. Claro que, en ese momento, mientras se dolía, tumbado en el suelo, se arrepentía totalmente de haberlo ayudado. Ahí dolorido, Cástor jamás se imaginó que alguien había salido en su búsqueda.

Los años pasaron, como todo en la visa. Cástor siguió trabajando la tierra bajo la estricta mirada de su padrastro mientras Pólux conocía lugares y gente, viajaba siempre protegido por la olímpica mirada de su padre a quien a veces dedicaba libaciones y hecatombes pidiéndole que lo ayudara en su búsqueda. Y así lo hizo, pero hasta tres años después, cuando Pólux casi se daba por vencido. Un hombre, un tal Jasón estaba reuniendo un grupo de personas para ir en busca de del Vellocino de Oro. Durante la noche, su padre se le apareció en sueños y le dijo que se enlistara con dicho hombre, que se uniera a él en una última aventura antes de que todo terminara, antes de que volviera a casa con Helena y  siguiera su vida de forma normal. Y eso hizo Pólux, al siguiente día apareció en el muelle, buscando a Jasón, y le dijo que se enlistaba. Jasón lo miró sin entender nada y alzó una ceja.

-Quedó claro la primera vez que me lo dijiste, muchacho –aseguró, confundiendo a Pólux con Cástor ya que este segundo, tras la inminente muerte de su padrastro el día anterior, se había sentido en la necesidad de salir a buscar aventura, de salir a buscar el propio rumbo de su vida. De cualquier forma, ya que Pólux no entendió el comentario, fue a apuntarse en la lista con el segundo de a bordo y se recargó contra la baranda del muelle, esperando por abordar.

Fue ahí cuando la mirada de ambos se cruzó. Era exactamente el mismo tono de ojos y la misma forma, sólo que había algunas diferencias. Cástor tenía la piel tostada por los años en el campo y su cabello era algo más oscuro, mientras que Pólux tenía unos rulos dorados que sacaban destellos con el reflejo del sol. En la distancia se estudiaron de los pies a la cabeza. Su complexión era la misma, pese a que Pólux no había trabajado demasiado su cuerpo. No se podría decir quién de los dos era más alto. Sin poder evitarlo, ambos se sonrieron cuando sus miradas volvieron a cruzarse. Entonces Cástor se acercó a Pólux y le dio un golpe seco y juguetón en el hombro.

-Me dolió el dedo esa vez –renegó a modo de broma.

FIN.

¿Qué les ha parecido? ¿Les ha gustado? ¿Debería retirarme del negocio? Como sea, saben que espero sus comentarios más abajo y que, además de leerlos todos, prometo comentarlos uno a uno ya que siempre son agradecidos. Por lo demás, sólo me queda aclarar que nada de esto está apegado a la mitología “oficial” así que le recomiendo a mis haters que no comiencen con lo de las edades de los gemelos y esto y lo otro. Y sin más qué decir por el momento, espero en serio que les haya gustado. Además les recuerdo que se pasen a las historias de mis compañeras y les dejen bellos comentarios.

Saludos enormes,



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